
Una de las cosas que más me recuerda la adolescencia es el despecho. Cuántas borracheras compartidas con mis amigas, con Rocío Dúrcal y Los Panchos de fondo, mientras llorábamos por los amores perdidos o por los no correspondidos. Hoy me río de esos momentos, pero cuando los viví sentí un dolor desgarrador, literalmente se me rompió el corazón, recuerdo sentir un terrible dolor en el pecho y pensé que me iba a morir. Estaba segura que JAMÁS volvería a amar de esa manera y que había perdido al amor de mi vida y nunca podría ser feliz. Luego volvía a enamorarme y cuando llegaba el desamor se repetía aquel dolor insoportable en el medio del pecho que sólo se calmaba ingiriendo grandes cantidades de alcohol al ritmo de boleros y rancheras.
Pasaron los años y me di cuenta que nadie se moría de amor, entonces nunca más me despeché, supe que había madurado y que era capaz de aceptar los finales y atesorar lo vivido y seguir adelante. Aprendí que el dolor del desamor no es por haber perdido al otro sino porque es inaceptable que no me quiera a mí. En un arranque de petulancia podría decir que ¡quien no me quiera a mí tiene el gusto como el que come mocos! Pero hay gente a la que le gustan los mocos y hay que respetarlos.
Este post va dedicado a los amores pasados que me hicieron quien soy…Y a los que vendrán que me seguirán enseñando.
